Monumento a la Bandera, lavadito

El Monumento a la Bandera siempre me ha parecido imponente pero frío. Sólo en momentos muy especiales es que la mole de piedra se transforma en un lugar más o menos entrañable. Además, es un lugar tan grande que las pocas personas que suelen permanecer en él (gendarmes, chicos escapando a la escuela, un puñado de turistas) no le dan vida. Sólo en los actos multitudinarios el Monumento se vuelve algo más que un formal objeto gris representativo de un atildado patriotismo. Y si llueve, mejor. El granito blancuzco, los escalones grises, cambian de color y reviven bajo la lluvia. El Monumento se parece más, en esos momentos, a lo que fue diseñado para ser: una figura como de embarcación, un navío surcando inmóvil el tiempo. Bajo la lluvia, la piedra lavada, brillantemente oscura, pinta un barco que batalla contra la tormenta y sale vencedor.


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